CUANDO LA HISTORIA PARECE REPETIRSE: RECIEN MEDIO SIGLO MAS TARDE, HACE 60 AÑOS, SE CONSAGRABA LA IGUALDAD DEL SUFRAGIO
La llegada del voto femenino
Desde fines del siglo XIX las mujeres argentinas venían luchando por sus derechos cívicos.
Felipe Pigna. Historiadorfpigna@clarin.comDesde fines del siglo XIX las mujeres argentinas venían luchando por la obtención de sus derechos cívicos. Cecilia Grierson, aquella notable mujer que había decidido estudiar medicina para cu rar a su amiga Amalia Koenig que padecía una enfermedad que por entonces era incurable, transformándose en la primera mujer que pudo graduarse como médica en 1889, participó en aquel mismo año en Londres del Segundo Congreso Internacional de Mujeres y en setiembre de 1900 fundó el Consejo de Mujeres. En 1907, la socialista Alicia Moreau de Justo creó el Comité Pro-Sufragio Femenino. Estos impulsos influyeron decididamente para que en mayo de 1910, en pleno centenario, Buenos Aires fuera elegida como sede del Primer Congreso Femenino Internacional con la participación de delegadas chilenas, uruguayas y paraguayas donde se reclamó enérgicamente el derecho de las mujeres a votar. Otra de las pioneras fue Julieta Lanteri quien tras un sonado juicio logró su carta de ciudadanía y que se la inscribiera en el padrón municipal en 1911. Se convirtió en la primera mujer de toda Sudamérica en ejercer el derecho al voto en las elecciones municipales celebradas el 26 de noviembre de aquel año. En marzo de 1919 lanzó su candidatura a diputada nacional por la Unión Feminista Nacional y contó con el apoyo de Alicia Moreau de Justo y Elvira Rawson. El resultado fue magro pero importante simbólicamente: obtuvo 1.730 votos. En 1911, el diputado socialista Alfredo Palacios había presentado el primer proyecto de ley de voto femenino en el Parlamento nacional, faltaba aún un año para que se sancionara la Ley Electoral conocida como Ley Sáenz Peña de voto secreto, universal (o sea masculino en el lenguaje político de la época) y obligatorio. El proyecto de Palacios ni siquiera fue tratado sobre tablas. Las mujeres eran consideradas incapaces por el Código Civil de 1871. Recién en 1926, por la Ley 11.357 alcanzaron la igualdad legal con los varones aunque esa igualdad, que estaba muy lejos de ser respetada en los hechos, era tan relativa que no incluía el derecho al voto ni la patria potestad compartida. Gracias al impulso de Aldo Cantoni, las mujeres sanjuaninas se convirtieron en abril de 1928 en las primeras en votar en todo el país. En 1929, un compañero de ideas de Palacios, Mario Bravo presentó un nuevo proyecto que dormiría -golpe de Estado mediante- el sueño de los justos en los cajones de la Cámara por tres años hasta que pudo ser debatido a comienzos de setiembre de 1932. En apoyo a la ley llegaron al Parlamento 95.000 boletas electorales firmadas por otras tantas mujeres de todo el país con la siguiente consigna: "Creo en la conveniencia del voto consciente de la mujer, mayor de edad y argentina. Me comprometo a propender a su mayor cultura". Pocos días después, el 17 de setiembre, la Cámara baja le daba media sanción a la ley propuesta por el diputado socialista Mario Bravo que facultaba a las mujeres para votar.Durante el debate, el diputado derechista Bustillo pidió el voto calificado para la mujer en medio del abucheo generalizado de cientos de señoras y señoritas que colmaban los palcos del Parlamento, mientras que el socialista Ruggieri, celebraba, en medio del aplauso de las damas presentes "la coincidencia de todos los sectores en el deseo de libertar a la mitad del pueblo argentino, la parte más delicada y sufrida, y la más oprimida, dándole participación directa en nuestras luchas cívicas"(1) . El legislador ultra conservador Uriburu, se opuso en estos cavernícolas términos al proyecto: "Cuando veamos a la mujer parada sobre una mesa o en la murga ruidosa de las manifestaciones, habrá perdido todo su encanto. El día que la señora sea conservadora; la cocinera, socialista, y la mucama, socialista independiente, habremos creado el caos en el hogar"(2). La Ley no pudo pasar esa defensa infranqueable del pensamiento retrógrado que era el Senado argentino de los años 30. Pero la bancada socialista, la que más hizo por la concreción del voto femenino a lo largo de nuestra historia, acompañada por el impulso de la mujer del fundador del partido, Alicia Moreau de Justo, insistió sin éxito con proyectos presentados por el diputado Palacios en 1935 y 1938. Este último fue apoyado por una declaración de la Unión de Mujeres Argentinas, firmada por Susana Larguía y Victoria Ocampo.Desde aquel proyecto de Palacios de 1911 se presentaron otras 22 iniciativas legislativas hasta que el 9 de setiembre de 1947 pudo sancionarse finalmente la ley 13.010 que establecía en su primer artículo: "Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos".El 23 de setiembre, Evita debutó en el balcón de la Casa Rosada para hablar ante una multitud convocada por la CGT celebrando el voto femenino. Comenzaba a sonar estridente y metalizada por los altavoces, aquella voz enérgica que quedaría para siempre en el recuerdo de todos los argentinos, los que la amaban y los que la odiaban. Aquella voz inconfundible dijo entonces: "Mujeres de mi patria: recibo en este instante de manos del gobierno de la Nación la ley que consagra nuestros derechos cívicos". Y remarcó que se trataba de una "...victoria de la mujer sobre las incomprensiones, las negaciones y los intereses creados de las castas repudiadas por nuestro despertar nacional"(3). Lejos de alegrarse las dirigentes opositoras de todo el arco político desde la izquierda a la derecha, que venían luchando por lograr el voto femenino y la total integración de la mujer a la política, sintieron que Evita les arrebataba una reivindicación histórica y una anhelada conquista
sábado, 27 de septiembre de 2008
La Revolución ¿Libertadora?
¿Ni vencedores ni vencidos?
El 16 de setiembre de 1955, la llamada "Revolución Libertadora" destituyó al presidente Perón. Comenzó un fuerte revanchismo y se intentó prohibir por decreto al peronismo
Felipe Pigna. Historiador Hace 52 años el general-presidente Eduardo Lonardi, acompañado por el almirante-vicepresidente Isaac Rojas, anunciaba desde un balcón que había tenido dueño hasta hacía apenas una semana, que en el proceso político que se iniciaba, bautizado por sus autores civiles y militares como "Revolución Libertadora", no iba a haber ni vencedores ni vencidos.Terminaba una época destinada a marcar definitivamente la historia argentina. Plena en méritos y deméritos, avances inéditos en el terreno social y la mayor redistribución del ingreso de la historia argentina en sentido progresivo equiparando por primera y casi única vez la distribución de la renta entre los que la producían y los que la disfrutaban. También una época sembrada de autoritarismo, de persecución de la oposición, a la que se le impidió expresarse en los medios masivos de comunicación y a cuyos dirigentes y militantes se los encarceló y torturó.Los "libertadores", según decían, venían a terminar con aquellas prácticas antidemocráticas. No parecía un buen antecedente democrático el criminal ataque aéreo a la Plaza de Mayo producido el 16 de junio de 1955 que provocó más de 350 muertos y casi 1.100 heridos. El plan de Lonardi y el de su sector era rescatar la estructura política peronista y su base social fundando un "peronismo sin Perón". La actitud conciliatoria del presidente fue rápidamente atacada por los sectores liberales, encabezados por el vicepresidente Isaac Rojas. Lonardi fue desplazado por el general Pedro Eugenio Aramburu, representante del sector liberal del Ejército, el 13 de noviembre de 1955. El almirante Isaac Rojas conservó su cargo de vicepresidente. La segunda etapa de la Revolución Libertadora, encabezada por el binomio Aramburu-Rojas, se caracterizó en el terreno político por su decidida acción contra el peronismo depuesto. La CGT fue intervenida y fue asaltado su edificio, donde fue vejado y secuestrado y "desaparecido" el cadáver de Eva Perón. Se lanzó una persistente persecución de militantes o simples simpatizantes peronistas que incluyó el encarcelamiento de más de 4.000 personas, la tortura sistemática y el fusilamiento de 33 civiles y militares en junio de 1956. El gobierno de la llamada "Revolución Libertadora" decidió en febrero de 1956 el ingreso de la Argentina al Fondo Monetario Internacional y aplicó el "plan Prebisch", el primer programa de "ajuste" del Fondo instrumentado en nuestro país.La nueva política perjudicó a la clase obrera. Su masiva afiliación peronista la convertía en objeto de persecuciones encubiertas o abiertas en los barrios o en los centros laborales.La comisión investigadora de las cuentas de la Fundación Eva Perón no pudo encontrar irregularidades. Halló intactos los depósitos bancarios de la Fundación que sumaban 3.500 millones de pesos, unos 250 millones de dólares al cambio de octubre de 1955 (1) que no fueron depositados en las Cajas de Jubilación como se había previsto.En su dictamen la comisión "libertadora" se quejaba por los "excesos" de la Fundación Evita: "Desde el punto de vista material, la atención de los menores era múltiple y casi suntuosa. Puede decirse, incluso, que era excesiva, y nada ajustada a las normas de la sobriedad republicana que convenía para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menúes diarios. Y en cuanto al vestuario, los equipos mudables, renovados cada seis meses, se destruían" (2). Señala Alicia Dujovne Ortiz que "Una dama católica, doña Adela Caprile, que formó parte de la comisión liquidadora de la Fundación instaurada tras la caída del peronismo, nos ha confesado haber sentido una impresión similar: 'Nunca hubiera creído que se pudiera reunir semejante cantidad de raquetas de tenis. Era un despilfarro y un delirio, pero no era un robo. No se ha podido acusar a Evita de haberse quedado con un peso. Me gustaría poder decir lo mismo de los que colaboraron conmigo en la liquidación del organismo'" (3). Se dio rienda suelta a un revanchismo con un fuerte acento de odio de clase. Se formaron inmensas fogatas en los hogares y policlínicos de la Fundación Eva Perón donde se quemaron miles de libros, frazadas, sábanas, cubrecamas, platos y cubiertos porque llevaban el sello de la institución. La Ciudad Infantil, conocida y admirada en el mundo como un ejemplo de contención y educación de la infancia desvalida, fue asaltada por las tropas. Sus casitas que reproducían los edificios clásicos de una ciudad y un comedor que alimentaba a centenares de niños por día fueron aplastadas por los tanques y sus piscinas fueron cegadas con cemento. El decreto 4161 del 5 de marzo de 1956 pretendió prohibir al peronismo en todas sus formas y expresiones. Decía en uno de sus artículos: "Se considerará especialmente violatoria de esta disposición la utilización de la fotografía, retrato o escultura de los funcionarios peronistas o sus parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones 'peronismo', 'peronista', 'justicialismo', 'Justicialista', 'tercera posición', la abreviatura PP, las fechas exaltadas por el régimen depuesto, las composiciones musicales Marcha de los Muchachos Peronistas y Evita Capitana y los discursos del presidente depuesto o su esposa" (4).El resultado de tan absurdo decreto fue el incremento del orgullo por su identidad peronista de los militantes de la resistencia.El último sueño de Eva Perón fue la construcción del Hospital de Niños mejor equipado y más grande de Sudamérica, que comenzó a construirse en un predio de 94.000 hectáreas en el barrio de La Paternal sobre la calle Warnes. Los "libertadores" evaluaron que aquello iba a ser un monumento a la obra de Evita y decidieron desistir de la construcción del nosocomio infantil, prefiriendo salvaguardar sus miserias políticas a la atención de la salud infantil. El lugar fue abandonado en avanzado estado de construcción y lentamente fue siendo ocupado por familias que lo fueron bautizando como el "albergue Warnes".Casi como alegoría, un presidente de origen peronista, pero que había "evolucionado" hacia el autodenominado "neoliberalismo", el mismo que fue a visitar a su lecho de enfermo al almirante Rojas y se despidió con un recordado beso, fue el encargado de demoler, entre otras cosas, lo que quedaba del esqueleto del Hospital Pediátrico María Eva Duarte de Perón.
El 16 de setiembre de 1955, la llamada "Revolución Libertadora" destituyó al presidente Perón. Comenzó un fuerte revanchismo y se intentó prohibir por decreto al peronismo
Felipe Pigna. Historiador Hace 52 años el general-presidente Eduardo Lonardi, acompañado por el almirante-vicepresidente Isaac Rojas, anunciaba desde un balcón que había tenido dueño hasta hacía apenas una semana, que en el proceso político que se iniciaba, bautizado por sus autores civiles y militares como "Revolución Libertadora", no iba a haber ni vencedores ni vencidos.Terminaba una época destinada a marcar definitivamente la historia argentina. Plena en méritos y deméritos, avances inéditos en el terreno social y la mayor redistribución del ingreso de la historia argentina en sentido progresivo equiparando por primera y casi única vez la distribución de la renta entre los que la producían y los que la disfrutaban. También una época sembrada de autoritarismo, de persecución de la oposición, a la que se le impidió expresarse en los medios masivos de comunicación y a cuyos dirigentes y militantes se los encarceló y torturó.Los "libertadores", según decían, venían a terminar con aquellas prácticas antidemocráticas. No parecía un buen antecedente democrático el criminal ataque aéreo a la Plaza de Mayo producido el 16 de junio de 1955 que provocó más de 350 muertos y casi 1.100 heridos. El plan de Lonardi y el de su sector era rescatar la estructura política peronista y su base social fundando un "peronismo sin Perón". La actitud conciliatoria del presidente fue rápidamente atacada por los sectores liberales, encabezados por el vicepresidente Isaac Rojas. Lonardi fue desplazado por el general Pedro Eugenio Aramburu, representante del sector liberal del Ejército, el 13 de noviembre de 1955. El almirante Isaac Rojas conservó su cargo de vicepresidente. La segunda etapa de la Revolución Libertadora, encabezada por el binomio Aramburu-Rojas, se caracterizó en el terreno político por su decidida acción contra el peronismo depuesto. La CGT fue intervenida y fue asaltado su edificio, donde fue vejado y secuestrado y "desaparecido" el cadáver de Eva Perón. Se lanzó una persistente persecución de militantes o simples simpatizantes peronistas que incluyó el encarcelamiento de más de 4.000 personas, la tortura sistemática y el fusilamiento de 33 civiles y militares en junio de 1956. El gobierno de la llamada "Revolución Libertadora" decidió en febrero de 1956 el ingreso de la Argentina al Fondo Monetario Internacional y aplicó el "plan Prebisch", el primer programa de "ajuste" del Fondo instrumentado en nuestro país.La nueva política perjudicó a la clase obrera. Su masiva afiliación peronista la convertía en objeto de persecuciones encubiertas o abiertas en los barrios o en los centros laborales.La comisión investigadora de las cuentas de la Fundación Eva Perón no pudo encontrar irregularidades. Halló intactos los depósitos bancarios de la Fundación que sumaban 3.500 millones de pesos, unos 250 millones de dólares al cambio de octubre de 1955 (1) que no fueron depositados en las Cajas de Jubilación como se había previsto.En su dictamen la comisión "libertadora" se quejaba por los "excesos" de la Fundación Evita: "Desde el punto de vista material, la atención de los menores era múltiple y casi suntuosa. Puede decirse, incluso, que era excesiva, y nada ajustada a las normas de la sobriedad republicana que convenía para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menúes diarios. Y en cuanto al vestuario, los equipos mudables, renovados cada seis meses, se destruían" (2). Señala Alicia Dujovne Ortiz que "Una dama católica, doña Adela Caprile, que formó parte de la comisión liquidadora de la Fundación instaurada tras la caída del peronismo, nos ha confesado haber sentido una impresión similar: 'Nunca hubiera creído que se pudiera reunir semejante cantidad de raquetas de tenis. Era un despilfarro y un delirio, pero no era un robo. No se ha podido acusar a Evita de haberse quedado con un peso. Me gustaría poder decir lo mismo de los que colaboraron conmigo en la liquidación del organismo'" (3). Se dio rienda suelta a un revanchismo con un fuerte acento de odio de clase. Se formaron inmensas fogatas en los hogares y policlínicos de la Fundación Eva Perón donde se quemaron miles de libros, frazadas, sábanas, cubrecamas, platos y cubiertos porque llevaban el sello de la institución. La Ciudad Infantil, conocida y admirada en el mundo como un ejemplo de contención y educación de la infancia desvalida, fue asaltada por las tropas. Sus casitas que reproducían los edificios clásicos de una ciudad y un comedor que alimentaba a centenares de niños por día fueron aplastadas por los tanques y sus piscinas fueron cegadas con cemento. El decreto 4161 del 5 de marzo de 1956 pretendió prohibir al peronismo en todas sus formas y expresiones. Decía en uno de sus artículos: "Se considerará especialmente violatoria de esta disposición la utilización de la fotografía, retrato o escultura de los funcionarios peronistas o sus parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones 'peronismo', 'peronista', 'justicialismo', 'Justicialista', 'tercera posición', la abreviatura PP, las fechas exaltadas por el régimen depuesto, las composiciones musicales Marcha de los Muchachos Peronistas y Evita Capitana y los discursos del presidente depuesto o su esposa" (4).El resultado de tan absurdo decreto fue el incremento del orgullo por su identidad peronista de los militantes de la resistencia.El último sueño de Eva Perón fue la construcción del Hospital de Niños mejor equipado y más grande de Sudamérica, que comenzó a construirse en un predio de 94.000 hectáreas en el barrio de La Paternal sobre la calle Warnes. Los "libertadores" evaluaron que aquello iba a ser un monumento a la obra de Evita y decidieron desistir de la construcción del nosocomio infantil, prefiriendo salvaguardar sus miserias políticas a la atención de la salud infantil. El lugar fue abandonado en avanzado estado de construcción y lentamente fue siendo ocupado por familias que lo fueron bautizando como el "albergue Warnes".Casi como alegoría, un presidente de origen peronista, pero que había "evolucionado" hacia el autodenominado "neoliberalismo", el mismo que fue a visitar a su lecho de enfermo al almirante Rojas y se despidió con un recordado beso, fue el encargado de demoler, entre otras cosas, lo que quedaba del esqueleto del Hospital Pediátrico María Eva Duarte de Perón.
Biografia de Juan Manuel de Rosas
El 30 de marzo de 1793, en la casa grande del finado don Clemente López, situada en la acera norte de la calle Santa Lucía (hoy Sarmiento), doña Agustina López de Osornio, esposa del joven militar León Ortiz de Rozas, daba a luz a su primer hijo varón. El alumbramiento de un varón, ansiosamente esperado, colmó de gozo al padre, gallardo teniente de la quinta compañía del segundo batallón del regimiento de infantería de Buenos Aires.La noticia se propagó en el barrio, llevada quizás por el pulpero don Ignacio y el mulato José, el sastre, vecinos de la cuadra. Las negras Feliciana, Damiana, Pascuala, Teodora y demás esclavas, y la india libre Juliana, criadas de la casa, se agolpaban en el vasto patio, impacientes por penetrar en la alcoba de la amita y conocer la criatura. En cuanto al párvulo rompió a gritar desaforadamente, señal de que venía con fortaleza al mundo, su padre don León se puso chupa, calzón azul y casaca con botones blancos, vuelta y collarín encarnados, y vestido así con el uniforme de infantería, fue al cuartel en busca del capellán de su batallón para que bautizara en seguida al recién nacido. Como estuviera ausente su capellán, y nadie diera razón de él en ese momento, llamó al del batallón tercero, doctor Pantaleón de Rivarola.El teniente pensaba que el vástago de un Ortiz de Rozas debía, el primer día de su vida, ser ungido a la vez católico y militar, y por ello se empeñó en que fuera castrense el sacerdote que pusiera óleo y crisma a la criatura. La ceremonia se realizó, dándose al niño el nombre de Juan Manuel José Domingo, según se asentó en el acta. En la casa de López de Osornio no se había disipado la sombra de la tragedia que, años antes, azotó y horrorizó aquel hogar: el viejo don Clemente, rico hacendado, padre de Agustina, y Andrés su hijo mayor de veinte y seis años, fueron asesinados por los indios en un malón que éstos llevaron, el 13 de diciembre de 1783, contra la estancia “El Rincón de López” en las llanuras desiertas del sud, sobre el Salado y el mar. Don Clemente López de Osornio encarnó, en la segunda mitad del siglo XVIII, el tipo rudo del estanciero militar que pasó su vida lidiando para conquistar palmo a palmo la pampa y dominar a los salvajes infieles.Fue sargento mayor de milicias, caudillo de los paisanos y cabeza del gremio de hacendados, de quienes tuvo durante muchos años la representación con el cargo de apoderado ante las autoridades del virreinato. Don Clemente, ya anciano trabajaba como un mozo, con su hijo Andrés, en las ásperas faenas rurales jineteando redomones y arreando vacas chúcaras, a campo traviesa, entre paja brava y cardizales, pantanos y lagunas. Tenía setenta y cinco años cuando, entregado a esas recias labores, fue lanceado y degollado, con su hijo, por la maloca salvaje. La imagen de la lucha con los bárbaros era familiar no sólo a doña Agustina López de Osornio, sino también a don León Ortiz de Rozas. Don León provenía de limpia cepa de militares y de funcionarios españoles. Los Ortiz de Rozas, de raza hidalga oriunda del Valle del Soba, provincia de Burgos, ocuparon siempre los primeros puestos en aquel valle, sea como regidores y magistrados, sea como guerreros, y formaron parte de esa aristocracia rústica y pobre, generosa de sangre, que consagró su vida con acendrado fervor al servicio de su fe y de su rey. León, en cuanto cumplió diez y nueve años de edad fue nombrado, el 30 de abril de 1779, subteniente del regimiento de infantería de Buenos Aires, en el que su padre era capitán. En aquellos días acababa de regresar en una fragata, de la expedición a la bahía Sin Fondo de la Patagonia , don Juan de la Piedra quien, después de sufrir toda suerte de penurias, abandonó la empresa, fue suspendido por orden del virrey Vértiz, y enviado a España. León Ortiz de Rozas, que ansiaba realizar hazañas, pidió se le alistara en alguna expedición a esas regiones. De la Piedra hizo degollar a una partida de hombres, mujeres y niños del cacique Francisco, y se dirigió hacia la Sierra de la Ventana para a atacar a las tribus de toda esa región que se habían reunido en guerra contra los cristianos; pero fue cercado y derrotado, cayendo en poder de los bárbaros los oficiales León Ortiz de Rozas, Domingo Piera y fray Francisco Javier Montañés que desde 1783 era capellán en el establecimiento San José de la Patagonia y que se había agregado a la expedición de la Piedra. El cautiverio de don León y de sus compañeros fue lleno de zozobras, y habrían perecido, de seguro, si un hermano del cacique Negro no hubiese estado, en calidad de prisionero, en poder del virrey marqués de Loreto. La esperanza de recobrarlo por medio de un canje indujo a los indios a respetar, esta vez, la vida de sus enemigos.León, liberado del cautiverio, se había captado la amistad de los principales caciques y difundido la simpatía del nombre de Rosas entre las tribus, regresó a Buenos Aires con la aureola heroica del cautiverio, llevando en su espíritu la visión salvaje de la vida y de la lucha en las pampas. Tradicionalismo y catolicidad marcaron desde la cuna la existencia de Rosas, acostumbrado a vivir alternativamente en el campo y la ciudad, domador de potros chúcaros en la infancia y de malones desorbitados; junto a su madre. Voluntarioso y dominante. Como su madre, su carácter no se doblegaba ante el rigor de los castigos que doña Agustina le infligía por sus travesuras.La primera interrupción en sus actividades de campo fue debida a las invasiones inglesas. El 12 de agosto de 1806 estuvo Juan Manuel entre “los voluntarios que formaron el ejército que reconquistó Buenos Aires”, según le recordara a su yerno Máximo Terrero en 1861: “Se llevó a su casa de la calle Cuyo a varios de sus jóvenes amigos, los incitó a la pelea, los armó como pudo y se presentó a la cabeza de ellos al general Liniers”; confirmó Saldías. Y después de la rendición Liniers lo devolvió a sus padres, portador de honrosa carta testimonial.Y recordando a Liniers, Rosas en su ancianidad anotaba en sus apuntes: “¡Liniers! Ilustre, noble, virtuoso, a quien yo tanto he querido y he de querer por toda la eternidad sin olvidarlo jamás...” Juan Manuel, que entraba en la pubertad y que acababa de recibir manejando un cañón, el bautismo de fuego y de sangre en la Reconquista de su ciudad natal, sentó plaza de soldado en el cuarto escuadrón de caballería, llamado de los “Migueletes”, que mandaba el porteño don Alejo Castex.Se vistió ufano, con el uniforme punzó de ese cuerpo -color que sería para siempre el de sus predilecciones-, y combatió con denuedo en la cruenta defensa de Buenos Aires contra la segunda invasión de los británicos. Decía Rosas años después, el 2 de mayo de 1869 a su amiga Josefa Gómez: “tomé de 14 años plaza de soldado de caballería de Migueletes. Tengo la carta del Señor Dn. Martín de Alzaga a mi madre, y la del Señor Dn. Juan Miguens a mi padre, acreditando mi conducta en esos gloriosos triunfos”.Lo que Rosas decía nostálgico en el exilio, lo habían escrito desde tiempo inmemorial todos sus historiadores, amigos o adversarios, sin ninguna duda. Juan Manuel volvió a su casa, de la que poco antes saliera adolescente, convertido en guerrero. Don León y doña Agustina al ver llegar a Juan Manuel, después de los combates, vestido de rojo, notaron que el niño acentuaba su fiereza al transformarse en hombre.Fuente: Ibarguren, Carlos - Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo.
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