Sangrientas huelgas patagónicas
Peones anarquistas reclaman mejores condiciones de trabajo en Santa Cruz, en 1921. Estancieros y dueños de frigoríficos piden mano dura
Felipe Pigna. Historiadorfpigna@clarin.comEn 1921 estalló en la provincia de Santa Cruz una prolongada huelga de trabajadores rurales enrolados en la Federación Obrera de Río Gallegos afiliada a la FORA, la central anarquista. Los precios de la lana y de la carne de cordero habían crecido notablemente durante el desarrollo de la Primera Guerra Mundial generando una notable prosperidad en los escasos propietarios de los millones de hectáreas y ovejas patagónicas. Esa prosperidad no se transmitió a los trabajadores que siguieron cobrando salarios miserables y viviendo en condiciones infrahumanas. Pero con el fin de la Guerra, bajó la demanda y con ella el precio de las exportaciones primarias patagónicas. Entonces sí, los estancieros y dueños de frigoríficos quisieron asociarse con sus trabajadores, claro que para compartir su déficit rebajando unilateralmente sus salarios. La Federación presentó un petitorio a los estancieros con reclamos básicos que no incluían aumentos salariales. Pedían que cesaran las reducciones salariales y se humanizaran las condiciones de vida y trabajo en las estancias. El documento fue rechazado de plano por los patrones y una asamblea decretó la huelga general. Los trabajadores comenzaron a ser despedidos compulsivamente y se fueron formando campamentos de desplazados que decidieron tomar algunas estancias y expropiar caballos y alimentos a cambio de vales emitidos por la Federación. El gobierno de Yrigoyen, presionado por las patronales y la embajada británica, envió al teniente coronel Héctor Benigno Varela. El militar elaboró un informe en el que concluía que los responsables de la situación eran los estancieros por los niveles de explotación a los que tenían sometidos a sus peones y redactó un proyecto de acuerdo para solucionar el conflicto. El acta contemplaba las demandas obreras y los obligaba a deponer las armas, devolver los bienes tomados en las estancias y entregar a los rehenes. Fue firmada con sabor a victoria por parte de la Federación y a regañadientes por la patronal.Cumplida su misión Varela y su regimiento, el 10 de caballería, se disponen a partir. Antes de embarcarse, a un estanciero le asaltó la duda sobre el mantenimiento de la paz social y le dijo a Varela: "Usted se va y esto comienza de nuevo" y Varela le contestó: "Si se levantan de nuevo volveré y fusilaré por decenas" (1). Tenía razón el estanciero, sólo que los que no cumplieron con lo acordado no fueron los obreros sino los estancieros. La Federación decidió volver a la lucha. Para fines de octubre, todo el territorio de la provincia estaba en huelga. El gobierno decidió enviar nuevamente al teniente coronel Varela, quien al llegar a Río Gallegos se negó a recibir a los delegados de la Federación y lanzó un bando decretando la pena de muerte y una feroz represión contra los huelguistas.Varela comenzó a dar cumplimiento a su bando y una a una fueron recuperadas las estancias. El grueso de los huelguistas, que se había reunido en la estancia La Anita, fue rodeado por las tropas de Varela, quien los intimó a la rendición incondicional. Antonio Soto, secretario de la Federación, y otros dirigentes les advirtieron a sus compañeros que no se rindieran porque serían masacrados. La asamblea decidió por amplia mayoría entregarse. Soto por primera vez desobedeció la decisión de la mayoría y decidió partir a Chile con un grupo de compañeros. Los trabajadores de La Anita que se entregaron, unos 400, fueron despojados de sus pocos bienes materiales por los "defensores de la propiedad privada". Luego debieron pasar por estrechos corrales donde fueron golpeados, rapados con las máquinas de esquila por la soldadesca y encerrados en los galpones de las estancia. Allí, sentados espalda contra espalda, cada uno debía sostener una vela encendida para su mejor vigilancia. A la mañana siguiente fueron obligados a formar en dos largas columnas. Varela en persona acompañado de los estancieros y miembros de la Liga Patriótica (2) identificaban a los delegados de estancia. A los delegados identificados, a los sospechosos, a los no simpáticos o no del todo complacientes, a los que les debían más de tres meses de sueldo, todos ellos cayeron bajo las balas del Regimiento 10 de Caballería comandado por Varela, quien previamente les hizo cavar a cada uno su propia tumba. En total fueron salvajemente fusilados en todo el territorio de Santa Cruz unos 1.500 trabajadores. Terminada la faena, Varela regresó a Buenos Aires y algunos esperaban una sanción, un pedido de informes. Nada de eso ocurrió. El represor fue designado director de la Escuela de Caballería de Campo de Mayo, cargo que ejerció hasta el 27 de enero de 1923, cuando fue asesinado en la puerta de su casa en la calle Fitz Roy 2461 de Palermo, por el anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens. Le arrojó una bomba y disparó los mismos cuatro tiros que ordenaba Varela con sus dedos para ahorrar palabras.Wilckens no ofreció resistencia y pudo ser detenido y trasladado a la cárcel de Caseros. En la noche del 15 de junio de 1923, ingresó al presidio un miembro de la Liga Patriótica disfrazado de guardia cárcel empuñando un mauser. Se encaminó directamente a la celda de Wilckens y le disparó un certero tiro en el pecho. El joven se llamaba Jorge Ernesto Pérez Millán Temperley y había participado activamente en la masacre patagónica.A Millán Temperley se le aplicó la justicia VIP. Su familia logró que lo declararan insano y lo trasladaran al Hospicio de las Mercedes a una habitación con un "loco manso" a su servicio, el yugoslavo Esteban Lucich. La venganza iba a venir del Sur. En el penal de Ushuaia, la cárcel más terrible del sistema penitenciario argentino, estaba detenido el mítico Simón Radowitzky -autor del atentado que le costó la vida al jefe de policía Ramón Falcón- y varios anarquistas, entre ellos el ruso Boris Vladomirovich, que comenzó a mostrar síntomas de locura y logró que los médicos de Ushuaia lo derivaran al Hospicio de las Mercedes. Allí trabó amistad con Lucich a quien sedujo con sus conocimientos sobre Yugoslavia y pudo contarle lo ocurrido en la Patagonia, el odio de la Liga Patriótica a todos los extranjeros y le hizo conocer el "currículum" del asesino de Wilckens. El 9 de noviembre de 1925, Pérez Millán leía una carta de su jefe en la Liga Patriótica y amigo personal, Manuel Carlés, mientras esperaba que Lucich le trajera el desayuno. Al rato entró el yugoslavo con el servicio. Cuando Millán tomó la bandeja, su sirviente extrajo un revolver de entre sus ropas y le dijo "esto te lo manda Wilckens" y le disparó certeramente en el pecho. Pérez Millán murió al día siguiente. La policía pudo seguir el hilo de la trama y llegó a Vladomirovich, quien fue torturado salvajemente. Sus torturadores querían saber quiénes más participaron del operativo. El anarquista ruso murió poco después, víctima de las lesiones recibidas en las interminables sesiones de tortura. Sería el último muerto de las huelgas patagónicas.
sábado, 14 de marzo de 2009
Siempre en lucha por el petróleo
Felipe Pigna. Historiadorfpigna@clarin.comEl crecimiento de la economía nacional a niveles inusitados y la falta de una planificación adecuada estaban acostumbrando al país a la escasez y al aumento del precio del combustible. La distribución estaba a cargo de una o dos empresas extranjeras que se repartían un mercado cautivo de sufrientes usuarios a los que el Estado dejaba librados a su suerte.El tema llegó al parlamento a causa de un hecho aparentemente fortuito que comenzaría a cambiar la historia y que suscitaría acalorados debates.Uno de los representantes del oficialismo en el parlamento se explayaba sobre la, según él, intrínseca incapacidad del Estado para administrar los recursos naturales y los servicios. El hombre, el político más influyente que había dado La Rioja hasta ese momento, decía: "¿Por qué vamos a limitar a particulares y a las compañías extranjeras que vengan a traer al país el concurso de sus riquezas y de su contingente a la fuerza económica del país? Para tener esto reservado, inhibido qué sé yo cuánto tiempo, para que sólo explote el Estado, este mal industrial. (...) En la práctica, el monopolio no es odioso, porque cuando está en manos de particulares, asociaciones o compañías, la ley, naturalmente, lo regula" (1). Así se expresaba Joaquín V. González en el debate suscitado por el descubrimiento de petróleo en Comodoro Rivadavia. La historia oficial quiere contarnos que un grupo de ingenieros y trabajadores realizaban una perforación en busca de agua en las cercanías de Comodoro Rivadavia y que cuando estaban por abandonar la búsqueda comenzó a surgir con fuerza un chorro de petróleo. Se pretende que el azar sustituya a los esfuerzos y logros de hombres como el ingeniero Enrique Hermitte, José Fuchs y Humberto Beghin quienes, haciendo tareas de exploración geológica bajo la dependencia de la Comisión de Napas de Aguas y Yacimientos Carboníferos, encontraron petróleo. El Estado liberal de entonces reaccionó, en un inicio, rápida y correctamente. En un decreto del 14 de diciembre de 1907 el presidente José Figueroa Alcorta, ante la ausencia de una legislación protectora de los derechos estatales sobre el subsuelo, y basándose en la Ley de Tierras Públicas 4167, decretaba la prohibición de denuncias de propiedad y una zona de reserva en las cien mil hectáreas circundantes al yacimiento descubierto (2).Pero pronto comenzó un lobby de proporciones equivalentes al negocio que estaba en juego y los señores senadores sancionaron el 29 de agosto de 1910 la Ley 7059, a través de la cual decidieron reducir el área de reserva de cien mil hectáreas a sólo cinco mil por un plazo de cinco años y otorgar 500.000 pesos para la exploración y explotación.El gobierno envió técnicos extranjeros que trataron de devaluar en sus informes la calidad del petróleo de Comodoro, provocando el enojo de Hermitte que se quejaba de la ineficiencia de ellos: "Se hace difícil explicar las causas de los fracasos, siendo de notar que en algunos casos los trabajos han sido llevados en forma tal como si hubiera el propósito de no encontrar el mineral" (3).El gobierno de Roque Sáenz Peña creó la Dirección General de Hidrocarburos, en la que se destacará el ingeniero Luis Huergo quien, tras meses de gestión y contrariando el discurso liberal oficial, realizaba este balance: "Los poderes públicos, con una lentitud increíble y una mezquindad inconcebible, han tardado seis años en hacer conocer al pueblo las inmensas riquezas que representan los grandes yacimientos de petróleo de Comodoro Rivadavia. Entre tanto, 'los syndicating operators', que han acaparado la tierra de promisión (más de ochenta mil hectáreas en un solo sindicato), han reclutado una falange de prosélitos, haciendo accionistas a ministros, legisladores, abogados, jefes de secciones administrativas, miembros de la Armada y del Ejército y de periódicos, directores de imprenta del Estado, ministros de la religión, etc. Los preliminares de la conquista son la creación de hombres científicos de insignificancia reconocida a falta de partido científico; la prédica incesante para formar la atmósfera del descrédito del Poder Ejecutivo y de las finanzas de la Nación; la negación desvergonzada e insistente hasta la imbecilidad de que se hayan hecho en Comodoro Rivadavia trabajos suficientes durante los dos años de la presente administración para demostrar que al fin el país podrá disponer no sólo de un combustible propio y aceptable, sino del mejor conocido hasta hoy; la prédica de que las cosas y propiedades de mayor valor de la Nación deben entregarse a manos mercenarias porque los gobiernos son malos administradores; teoría desmentida en todo el mundo. Los gobiernos de todas las naciones del mundo administran sus finanzas, sus rentas, sus aduanas, sus bancos de crédito principales y sin necesidad de mencionar más, sus ejércitos, sus escuadras y sus arsenales. No hay ejemplo de nación alguna de este mundo que haya vendido o entregado voluntariamente a la administración extranjera su arsenal de guerra, a no ser en el caso extremo de haber sido vencida o conquistada: jamás por plata o por ignorancia supina" (4). Tendrán que pasar los años para que llegue Hipólito Yrigoyen y tome coraje para crear por decreto del 3 de junio de 1922 la Dirección Nacional de los Yacimientos Petrolíferos Fiscales, YPF, la primera empresa petrolera estatal del mundo -la segunda se fundará en Francia en 1924- a cuyo frente estará el general Enrique Mosconi, quien le dará un extraordinario dinamismo que permitirá a YPF producir y comercializar combustibles de excelente calidad llegando en mayo de 1929 a vender la nafta más barata del mundo aumentando notablemente sus ventas. La rebaja ponía en evidencia los grandes márgenes de ganancia del resto de las petroleras. Si YPF podía bajar el precio, ¿por qué ellas no? A regañadientes e impulsadas por el ejemplo de YPF, se vieron obligadas a bajarlo.Pero Mosconi fue por más: rebajó también el precio del querosén y de los agroquímicos, porque según argumentaba, la uniformidad en el precio de los combustibles era "un vínculo más del nacionalismo entre todos los habitantes del país, pues contribuye al desarrollo económico de regiones del interior" (5). Contrariando a los más poderosos intereses, una empresa del Estado bien administrada podía ser eficiente y podía cumplir acabadamente con su rol de contribuir al desarrollo nacional. La historia reciente de nuestro petróleo es tristemente conocida y nos recuerda patéticamente las previsoras advertencias de Luis Huergo vertidas a comienzos de la década de 1910.
Felipe Pigna. Historiadorfpigna@clarin.comEl crecimiento de la economía nacional a niveles inusitados y la falta de una planificación adecuada estaban acostumbrando al país a la escasez y al aumento del precio del combustible. La distribución estaba a cargo de una o dos empresas extranjeras que se repartían un mercado cautivo de sufrientes usuarios a los que el Estado dejaba librados a su suerte.El tema llegó al parlamento a causa de un hecho aparentemente fortuito que comenzaría a cambiar la historia y que suscitaría acalorados debates.Uno de los representantes del oficialismo en el parlamento se explayaba sobre la, según él, intrínseca incapacidad del Estado para administrar los recursos naturales y los servicios. El hombre, el político más influyente que había dado La Rioja hasta ese momento, decía: "¿Por qué vamos a limitar a particulares y a las compañías extranjeras que vengan a traer al país el concurso de sus riquezas y de su contingente a la fuerza económica del país? Para tener esto reservado, inhibido qué sé yo cuánto tiempo, para que sólo explote el Estado, este mal industrial. (...) En la práctica, el monopolio no es odioso, porque cuando está en manos de particulares, asociaciones o compañías, la ley, naturalmente, lo regula" (1). Así se expresaba Joaquín V. González en el debate suscitado por el descubrimiento de petróleo en Comodoro Rivadavia. La historia oficial quiere contarnos que un grupo de ingenieros y trabajadores realizaban una perforación en busca de agua en las cercanías de Comodoro Rivadavia y que cuando estaban por abandonar la búsqueda comenzó a surgir con fuerza un chorro de petróleo. Se pretende que el azar sustituya a los esfuerzos y logros de hombres como el ingeniero Enrique Hermitte, José Fuchs y Humberto Beghin quienes, haciendo tareas de exploración geológica bajo la dependencia de la Comisión de Napas de Aguas y Yacimientos Carboníferos, encontraron petróleo. El Estado liberal de entonces reaccionó, en un inicio, rápida y correctamente. En un decreto del 14 de diciembre de 1907 el presidente José Figueroa Alcorta, ante la ausencia de una legislación protectora de los derechos estatales sobre el subsuelo, y basándose en la Ley de Tierras Públicas 4167, decretaba la prohibición de denuncias de propiedad y una zona de reserva en las cien mil hectáreas circundantes al yacimiento descubierto (2).Pero pronto comenzó un lobby de proporciones equivalentes al negocio que estaba en juego y los señores senadores sancionaron el 29 de agosto de 1910 la Ley 7059, a través de la cual decidieron reducir el área de reserva de cien mil hectáreas a sólo cinco mil por un plazo de cinco años y otorgar 500.000 pesos para la exploración y explotación.El gobierno envió técnicos extranjeros que trataron de devaluar en sus informes la calidad del petróleo de Comodoro, provocando el enojo de Hermitte que se quejaba de la ineficiencia de ellos: "Se hace difícil explicar las causas de los fracasos, siendo de notar que en algunos casos los trabajos han sido llevados en forma tal como si hubiera el propósito de no encontrar el mineral" (3).El gobierno de Roque Sáenz Peña creó la Dirección General de Hidrocarburos, en la que se destacará el ingeniero Luis Huergo quien, tras meses de gestión y contrariando el discurso liberal oficial, realizaba este balance: "Los poderes públicos, con una lentitud increíble y una mezquindad inconcebible, han tardado seis años en hacer conocer al pueblo las inmensas riquezas que representan los grandes yacimientos de petróleo de Comodoro Rivadavia. Entre tanto, 'los syndicating operators', que han acaparado la tierra de promisión (más de ochenta mil hectáreas en un solo sindicato), han reclutado una falange de prosélitos, haciendo accionistas a ministros, legisladores, abogados, jefes de secciones administrativas, miembros de la Armada y del Ejército y de periódicos, directores de imprenta del Estado, ministros de la religión, etc. Los preliminares de la conquista son la creación de hombres científicos de insignificancia reconocida a falta de partido científico; la prédica incesante para formar la atmósfera del descrédito del Poder Ejecutivo y de las finanzas de la Nación; la negación desvergonzada e insistente hasta la imbecilidad de que se hayan hecho en Comodoro Rivadavia trabajos suficientes durante los dos años de la presente administración para demostrar que al fin el país podrá disponer no sólo de un combustible propio y aceptable, sino del mejor conocido hasta hoy; la prédica de que las cosas y propiedades de mayor valor de la Nación deben entregarse a manos mercenarias porque los gobiernos son malos administradores; teoría desmentida en todo el mundo. Los gobiernos de todas las naciones del mundo administran sus finanzas, sus rentas, sus aduanas, sus bancos de crédito principales y sin necesidad de mencionar más, sus ejércitos, sus escuadras y sus arsenales. No hay ejemplo de nación alguna de este mundo que haya vendido o entregado voluntariamente a la administración extranjera su arsenal de guerra, a no ser en el caso extremo de haber sido vencida o conquistada: jamás por plata o por ignorancia supina" (4). Tendrán que pasar los años para que llegue Hipólito Yrigoyen y tome coraje para crear por decreto del 3 de junio de 1922 la Dirección Nacional de los Yacimientos Petrolíferos Fiscales, YPF, la primera empresa petrolera estatal del mundo -la segunda se fundará en Francia en 1924- a cuyo frente estará el general Enrique Mosconi, quien le dará un extraordinario dinamismo que permitirá a YPF producir y comercializar combustibles de excelente calidad llegando en mayo de 1929 a vender la nafta más barata del mundo aumentando notablemente sus ventas. La rebaja ponía en evidencia los grandes márgenes de ganancia del resto de las petroleras. Si YPF podía bajar el precio, ¿por qué ellas no? A regañadientes e impulsadas por el ejemplo de YPF, se vieron obligadas a bajarlo.Pero Mosconi fue por más: rebajó también el precio del querosén y de los agroquímicos, porque según argumentaba, la uniformidad en el precio de los combustibles era "un vínculo más del nacionalismo entre todos los habitantes del país, pues contribuye al desarrollo económico de regiones del interior" (5). Contrariando a los más poderosos intereses, una empresa del Estado bien administrada podía ser eficiente y podía cumplir acabadamente con su rol de contribuir al desarrollo nacional. La historia reciente de nuestro petróleo es tristemente conocida y nos recuerda patéticamente las previsoras advertencias de Luis Huergo vertidas a comienzos de la década de 1910.
La crisis económica de 1930
Desempleo masivo, baja salarial, migraciones internas y deficit habitacional y sanitario.
Felipe Pigna. Historiadorfpigna@clarin.comNo fue de golpe sino de a poco, sin prisa pero sin pausa como la gente se fue quedando sin trabajo. El discurso oficial hablaba de una grave crisis económica frente a la cual había que ajustarse el cinturón y estaba claro a qué cinturas iba a afectar el nuevo "ajuste". Algunos hipócritas buscaban como siempre transformar a las víctimas en victimarios y pretendían socializar las culpas para que los verdaderos culpables mantuvieran intacta su proverbial impunidad. El ministro de Hacienda exhibía orgulloso ante los factores de poder su obra de gobierno: "Alrededor de 20.000 personas han sido separadas de sus puestos por razones de economía en los distintos ministerios, sin contar las reparticiones autónomas en las que las cesantías fueron también apreciables, como el Consejo Nacional de Educación con 14.000. Había sido posible llevar mucho más lejos esta cifra. Pero es evidente que en los momentos actuales la aplicación de esta idea hubiese traído consigo serias perturbaciones sociales que deben evitarse a toda costa" (1).La crisis era importada. Venía de Nueva York, más precisamente de Wall Street, la capital financiera de un país que confiaba en el progreso indefinido y que pocos meses antes de la catástrofe había animado al presidente Hoover a decir: "En los Estados Unidos nos encontramos en esta hora más cerca que cualquier otro país del triunfo definitivo sobre la pobreza" (2). A fines de octubre de 1929 comenzó el derrumbe inesperado que se transmitió como una epidemia a todo el mundo capitalista. Los países centrales trasladaron los efectos negativos de la crisis hacia los periféricos como la Argentina. Ellos fijaban los precios de nuestros productos y decidieron bajarlos considerablemente. Los pequeños productores, que habían tomado préstamos hipotecarios para sembrar y pensaban pagarlos con el producto de las cosechas, pronto advirtieron que por la rebaja unilateral de precios impuesta por EE.UU. y Gran Bretaña, para ganar lo mismo tenían que producir y vender un 40% más y absorber los costos que ello implicaba. La mayoría no pudo afrontar su situación, sus campos fueron ejecutados y apropiados por los bancos y tuvieron que dejar el campo en busca de oportunidades económicas. Peor aún sería la situación de los peones de estos campos, familias enteras que comienzan a migrar hacia las ciudades expulsadas por el hambre. Los efectos de la crisis comenzaron a sentirse en nuestro país a comienzos de 1930 y se constituirán en factores desencadenantes del golpe encabezado por el general José Félix Uriburu y dirigido por las grandes fortunas del país y sus aliados extranjeros. Los meses que siguen hasta el 6 de setiembre de aquel año serán de agitación e incitación descarada para la intervención militar. La dictadura de Uriburu defraudará las expectativas de los sectores medios que lo habían apoyado, aplicando durísimas medidas de ajuste y recesivas comenzando por la expulsión de decenas de miles de empleados públicos. En la ciudad empezaban a aparecer las industrias, no como producto de un plan industrial, sino como una respuesta a la falta de divisas para comprar los productos importados.Va naciendo así la industrialización para sustituir a las importaciones. Serán estas fábricas las que comiencen a demandar mano de obra y a ellas se dirigirán los miles que llegan desesperados desde el campo.Mientras que en los Estados Unidos y en otros países capitalistas, el Estado intervino decididamente en la economía para paliar los efectos de la crisis y sostener al sistema y, a la vez, tuvo un protagonismo importante en el área social preocupándose de la situación de los desempleados y de los más perjudicados por la crisis, con políticas de empleo y de vivienda, en la Argentina no hubo planes habitacionales ni de fomento del empleo, no se construyeron en los niveles necesarios hospitales ni escuelas, ni se realizaron campañas nacionales de medicina preventiva. Ante el desamparo, irán apareciendo las primeras villas miseria, como la llamada Villa Desocupación de Retiro. En Puerto Nuevo floreció el "Barrio de las latas" y Buenos Aires comenzó a poblarse de viviendas precarias e insalubres. En 1932, el gobierno del general presidente apellidado paradójicamente Justo, que sucedió fraudulentamente a Uriburu, erradicó la Villa Desocupación porque le daba "mal aspecto" a la capital sin darles ningún nuevo destino a sus ocupantes. Se hace un censo de desocupados en 1932, que indica que hay 393.997 desempleados. Scalabrini Ortiz pone en duda la seriedad de esas cifras re cogidas "por la Policía, que fue de puerta en puerta indagando la existencia de haraganes obligados, que todos negaban por temor a que quisieran encarcelarlos. (...) Hay en Argentina más de tres millones de hombres inactivos, que vegetan perseguidos por la Policía, la crítica de los diarios y la más indigna miseria" (3). La desocupación llevó a una rebaja muy fuerte en los salarios y al empeoramiento de las condiciones de trabajo. A los "privilegiados" que conseguían o mantenían sus trabajos, se les redujeron los sueldos y se les aumentaron las horas de trabajo, y, como suele ocurrir, se incumplieron las pocas leyes laborales vigentes en aquel momento. Pero eso sí, honrando "la noble tradición argentina" de cumplir con "nuestros compromisos internacionales", el presupuesto de aquel mismo año destinaba el 35,5% del dinero del Estado a pagar la deuda externa. El doctor Alfredo Palacios realizó un notable viaje por las provincias argentinas a mediados de la década del 30 y pudo comprobar con gran tristeza que las condiciones económicas y sociales descriptas por el doctor Juan Bialet Massé en 1902 en su famoso Informe sobre el estado de las clases obreras en Argentina, se habían agravado 30 años después: "Los niños tristes, de poco peso y de poca talla van a ser pronto los jóvenes que rechazará el Ejército. No es ésta una afirmación sin fundamento. Aquí está la prueba que me ha sido entregada por el teniente coronel Rodríguez Jurado, jefe del distrito militar número 61. Consta que el 45% de los jóvenes de 20 años, presentados para hacer el servicio militar fueron rechazados por debilidad constitucional, falta de peso, de talla o de capacidad torácica. Ya veremos cómo en algunas otras provincias el porcentaje de los inútiles, total o parcialmente, alcanza el 64%" (4). Por aquellos años se incrementó notablemente la actividad delictiva, no sólo en las esferas gubernativas sino también en las calles. La inseguridad acechaba a los argentinos. Una inseguridad que comenzaba para la mayoría por no saber qué iba a ser de ellos al día siguiente. Aquella inseguridad iba a comenzar a buscar certezas en la lucha por terminar con la miseria y la injusticia.
Desempleo masivo, baja salarial, migraciones internas y deficit habitacional y sanitario.
Felipe Pigna. Historiadorfpigna@clarin.comNo fue de golpe sino de a poco, sin prisa pero sin pausa como la gente se fue quedando sin trabajo. El discurso oficial hablaba de una grave crisis económica frente a la cual había que ajustarse el cinturón y estaba claro a qué cinturas iba a afectar el nuevo "ajuste". Algunos hipócritas buscaban como siempre transformar a las víctimas en victimarios y pretendían socializar las culpas para que los verdaderos culpables mantuvieran intacta su proverbial impunidad. El ministro de Hacienda exhibía orgulloso ante los factores de poder su obra de gobierno: "Alrededor de 20.000 personas han sido separadas de sus puestos por razones de economía en los distintos ministerios, sin contar las reparticiones autónomas en las que las cesantías fueron también apreciables, como el Consejo Nacional de Educación con 14.000. Había sido posible llevar mucho más lejos esta cifra. Pero es evidente que en los momentos actuales la aplicación de esta idea hubiese traído consigo serias perturbaciones sociales que deben evitarse a toda costa" (1).La crisis era importada. Venía de Nueva York, más precisamente de Wall Street, la capital financiera de un país que confiaba en el progreso indefinido y que pocos meses antes de la catástrofe había animado al presidente Hoover a decir: "En los Estados Unidos nos encontramos en esta hora más cerca que cualquier otro país del triunfo definitivo sobre la pobreza" (2). A fines de octubre de 1929 comenzó el derrumbe inesperado que se transmitió como una epidemia a todo el mundo capitalista. Los países centrales trasladaron los efectos negativos de la crisis hacia los periféricos como la Argentina. Ellos fijaban los precios de nuestros productos y decidieron bajarlos considerablemente. Los pequeños productores, que habían tomado préstamos hipotecarios para sembrar y pensaban pagarlos con el producto de las cosechas, pronto advirtieron que por la rebaja unilateral de precios impuesta por EE.UU. y Gran Bretaña, para ganar lo mismo tenían que producir y vender un 40% más y absorber los costos que ello implicaba. La mayoría no pudo afrontar su situación, sus campos fueron ejecutados y apropiados por los bancos y tuvieron que dejar el campo en busca de oportunidades económicas. Peor aún sería la situación de los peones de estos campos, familias enteras que comienzan a migrar hacia las ciudades expulsadas por el hambre. Los efectos de la crisis comenzaron a sentirse en nuestro país a comienzos de 1930 y se constituirán en factores desencadenantes del golpe encabezado por el general José Félix Uriburu y dirigido por las grandes fortunas del país y sus aliados extranjeros. Los meses que siguen hasta el 6 de setiembre de aquel año serán de agitación e incitación descarada para la intervención militar. La dictadura de Uriburu defraudará las expectativas de los sectores medios que lo habían apoyado, aplicando durísimas medidas de ajuste y recesivas comenzando por la expulsión de decenas de miles de empleados públicos. En la ciudad empezaban a aparecer las industrias, no como producto de un plan industrial, sino como una respuesta a la falta de divisas para comprar los productos importados.Va naciendo así la industrialización para sustituir a las importaciones. Serán estas fábricas las que comiencen a demandar mano de obra y a ellas se dirigirán los miles que llegan desesperados desde el campo.Mientras que en los Estados Unidos y en otros países capitalistas, el Estado intervino decididamente en la economía para paliar los efectos de la crisis y sostener al sistema y, a la vez, tuvo un protagonismo importante en el área social preocupándose de la situación de los desempleados y de los más perjudicados por la crisis, con políticas de empleo y de vivienda, en la Argentina no hubo planes habitacionales ni de fomento del empleo, no se construyeron en los niveles necesarios hospitales ni escuelas, ni se realizaron campañas nacionales de medicina preventiva. Ante el desamparo, irán apareciendo las primeras villas miseria, como la llamada Villa Desocupación de Retiro. En Puerto Nuevo floreció el "Barrio de las latas" y Buenos Aires comenzó a poblarse de viviendas precarias e insalubres. En 1932, el gobierno del general presidente apellidado paradójicamente Justo, que sucedió fraudulentamente a Uriburu, erradicó la Villa Desocupación porque le daba "mal aspecto" a la capital sin darles ningún nuevo destino a sus ocupantes. Se hace un censo de desocupados en 1932, que indica que hay 393.997 desempleados. Scalabrini Ortiz pone en duda la seriedad de esas cifras re cogidas "por la Policía, que fue de puerta en puerta indagando la existencia de haraganes obligados, que todos negaban por temor a que quisieran encarcelarlos. (...) Hay en Argentina más de tres millones de hombres inactivos, que vegetan perseguidos por la Policía, la crítica de los diarios y la más indigna miseria" (3). La desocupación llevó a una rebaja muy fuerte en los salarios y al empeoramiento de las condiciones de trabajo. A los "privilegiados" que conseguían o mantenían sus trabajos, se les redujeron los sueldos y se les aumentaron las horas de trabajo, y, como suele ocurrir, se incumplieron las pocas leyes laborales vigentes en aquel momento. Pero eso sí, honrando "la noble tradición argentina" de cumplir con "nuestros compromisos internacionales", el presupuesto de aquel mismo año destinaba el 35,5% del dinero del Estado a pagar la deuda externa. El doctor Alfredo Palacios realizó un notable viaje por las provincias argentinas a mediados de la década del 30 y pudo comprobar con gran tristeza que las condiciones económicas y sociales descriptas por el doctor Juan Bialet Massé en 1902 en su famoso Informe sobre el estado de las clases obreras en Argentina, se habían agravado 30 años después: "Los niños tristes, de poco peso y de poca talla van a ser pronto los jóvenes que rechazará el Ejército. No es ésta una afirmación sin fundamento. Aquí está la prueba que me ha sido entregada por el teniente coronel Rodríguez Jurado, jefe del distrito militar número 61. Consta que el 45% de los jóvenes de 20 años, presentados para hacer el servicio militar fueron rechazados por debilidad constitucional, falta de peso, de talla o de capacidad torácica. Ya veremos cómo en algunas otras provincias el porcentaje de los inútiles, total o parcialmente, alcanza el 64%" (4). Por aquellos años se incrementó notablemente la actividad delictiva, no sólo en las esferas gubernativas sino también en las calles. La inseguridad acechaba a los argentinos. Una inseguridad que comenzaba para la mayoría por no saber qué iba a ser de ellos al día siguiente. Aquella inseguridad iba a comenzar a buscar certezas en la lucha por terminar con la miseria y la injusticia.
Aquel primer centenario...
Felipe Pigna. Historiadorfpigna@clarin.comEn mayo de 1910 la "espléndida" oligarquía argentina se preparaba para celebrar el centenario de la Revolución de Mayo. Se organizaron grandes desfiles y una exposición universal para demostrarle al mundo los progresos de la París del Plata. Se cursaron invitaciones a todos los reyes y gobernantes del mundo occidental, pero sólo aceptó el convite la infanta Isabel de España, una "aristócrata" de segunda clase para la afrancesada "gente decente" de Buenos Aires, aquella clase dirigente que quería exhibir los avances del granero del mundo. A los escritores orgánicos les dio un notable ataque de nacionalismo y reivindicaron al otrora "vago y mal entretenido" gaucho, con tal de diferenciarse de la oleada inmigratoria y sus "ideas disolventes". El movimiento obrero advirtió la gran trascendencia de los festejos y aprovechó su repercusión en la prensa internacional para dar a conocer la real situación de los habitantes del país.La Federación Obrera Regional Argentina (FORA), de tendencia anarquista, lanzó una huelga general para la semana de mayo y realizó una manifestación que reunió 70.000 personas frente a la penitenciaría de la calle Las Heras. Pedían la libertad de los presos sociales, entre ellos, Simón Radowitzky, el joven anarquista ruso que había asesinado al coronel Ramón Lorenzo Falcón responsable de la matanza de trabajadores que pasó a la historia como la "Semana Roja" de mayo de 1909.El gobierno del presidente Figueroa Alcorta decretó el estado de sitio y el Congreso sancionó la ley 7026, llamada "de Defensa Social", que incluía la pena de muerte para los activistas sindicales, limitaba seriamente la actividad gremial, prohibía explícitamente la propaganda anarquista y el ingreso de extranjeros que hubieran sufrido condenas por motivos políticos. Pese a la dura represión, los fastuosos festejos del Centenario se vieron afectados por numerosas huelgas y actos de sabotaje llevados adelante por el movimiento obrero que dejó sin luz a la ceremonia inaugural del festejo. Mientras hablaba Figueroa Alcorta sonaron petardos y un anarquista se ató con cadenas a las rejas de la Sociedad Rural. Hasta que lo desataron logró llamar la atención de la prensa extranjera y contar que en la Argentina el pueblo se moría de hambre y que eso que ellos veían era un dramático decorado.La respuesta no se hizo esperar. Grupos autodenomindaos "nacionalistas" que actuaban con total impunidad atacaron locales y bibliotecas obreras y hasta incendiaron el circo de Frank Brown. El gran payaso inglés había instalado su carpa en Florida y Paraguay. Los "pitucos" decían que afeaba la ciudad y llenaba esa zona elegante de gente indeseable porque Frank abría su circo a todas las clases sociales y no cobraba entrada a los niños pobres. El fuego "patriótico" arrasó también con la alegría infantil. Cuenta un testigo de los hechos: "Se había alquilado un inmenso local para encerrar a los presos, precaución necesaria sin duda alguna, ya que las numerosas cárceles que tiene Buenos Aires están siempre recargadas de detenidos. Mientras tanto, en la ciudad se organizaban columnas de patriotas, que al amparo del estado de sitio iban sembrando el terror por todas partes. Nada en verdad más alejado del sentimiento patriótico que aquellos malones organizados y dirigidos por la policía. Las turbas del 14 de mayo y días siguientes no estaban animadas de sentimientos patrióticos. Tuvo el propósito de aterrorizar a los trabajadores impidiendo que éstos, movidos a impulsos de la solidaridad, respondieran a los prisioneros y la declaración del estado de sitio con el paro general. Era preciso impedir a todo trance que hubiese huelga, para que las fiestas del Centenario se realizasen tranquilamente, con todo el brillo que era posible esperar de la presencia de la nieta del rey español destronado por la revolución que se conmemoraba. La autocracia, el autoritarismo, la cesación de las leyes constitucionales es lo que los republicanos federales de la Argentina pusieron en vigencia para celebrar aquella revolución que proclamó la libertad, los derechos del hombre, la soberanía popular"(1).Así festejaba la oligarquía a través del gobierno de Figueroa Alcorta -aquel que el 28 de enero de 1908 había clausurado el Congreso Nacional- los "cien años de libertad". Así conmemoraba el Centenario de la Revolución liderada por Mariano Moreno, aquel que los había sentenciado con su frase premonitoria: "Es necesario destruir los abusos de la administración, desplegar una actividad que hasta ahora no se ha conocido, promover el remedio de los males que afligen al Estado, excitar y dirigir el espíritu público, educar al pueblo, destruir o contener a sus enemigos y dar nueva vida a las provincias. Si el gobierno huye el trabajo; si sigue las huellas de sus predecesores, conservando la alianza con la corrupción y el desorden, hará traición a las justas esperanzas del pueblo y llegará a ser indigno de los altos destinos que se han encomendado en sus manos"(2). Así fue aquel "maravilloso" centenario, con la prensa obrera incendiada y acallada, dos mil trabajadores detenidos, cien deportados y otros cien enterrados en el infierno del penal de Ushuaia. Nos encaminamos hacia el segundo centenario de nuestra revolución fundacional. El mejor homenaje a aquellos padres fundadores no será seguramente un frío monumento o una placa de bronce destinada a ser robada y fundida, sino cumplir con aquellos puntos cardinales trazados por Belgrano y Moreno que anhelaban un país con industria, justicia, equidad y educación como lo dejaron plasmado en sus notables escritos.
Felipe Pigna. Historiadorfpigna@clarin.comEn mayo de 1910 la "espléndida" oligarquía argentina se preparaba para celebrar el centenario de la Revolución de Mayo. Se organizaron grandes desfiles y una exposición universal para demostrarle al mundo los progresos de la París del Plata. Se cursaron invitaciones a todos los reyes y gobernantes del mundo occidental, pero sólo aceptó el convite la infanta Isabel de España, una "aristócrata" de segunda clase para la afrancesada "gente decente" de Buenos Aires, aquella clase dirigente que quería exhibir los avances del granero del mundo. A los escritores orgánicos les dio un notable ataque de nacionalismo y reivindicaron al otrora "vago y mal entretenido" gaucho, con tal de diferenciarse de la oleada inmigratoria y sus "ideas disolventes". El movimiento obrero advirtió la gran trascendencia de los festejos y aprovechó su repercusión en la prensa internacional para dar a conocer la real situación de los habitantes del país.La Federación Obrera Regional Argentina (FORA), de tendencia anarquista, lanzó una huelga general para la semana de mayo y realizó una manifestación que reunió 70.000 personas frente a la penitenciaría de la calle Las Heras. Pedían la libertad de los presos sociales, entre ellos, Simón Radowitzky, el joven anarquista ruso que había asesinado al coronel Ramón Lorenzo Falcón responsable de la matanza de trabajadores que pasó a la historia como la "Semana Roja" de mayo de 1909.El gobierno del presidente Figueroa Alcorta decretó el estado de sitio y el Congreso sancionó la ley 7026, llamada "de Defensa Social", que incluía la pena de muerte para los activistas sindicales, limitaba seriamente la actividad gremial, prohibía explícitamente la propaganda anarquista y el ingreso de extranjeros que hubieran sufrido condenas por motivos políticos. Pese a la dura represión, los fastuosos festejos del Centenario se vieron afectados por numerosas huelgas y actos de sabotaje llevados adelante por el movimiento obrero que dejó sin luz a la ceremonia inaugural del festejo. Mientras hablaba Figueroa Alcorta sonaron petardos y un anarquista se ató con cadenas a las rejas de la Sociedad Rural. Hasta que lo desataron logró llamar la atención de la prensa extranjera y contar que en la Argentina el pueblo se moría de hambre y que eso que ellos veían era un dramático decorado.La respuesta no se hizo esperar. Grupos autodenomindaos "nacionalistas" que actuaban con total impunidad atacaron locales y bibliotecas obreras y hasta incendiaron el circo de Frank Brown. El gran payaso inglés había instalado su carpa en Florida y Paraguay. Los "pitucos" decían que afeaba la ciudad y llenaba esa zona elegante de gente indeseable porque Frank abría su circo a todas las clases sociales y no cobraba entrada a los niños pobres. El fuego "patriótico" arrasó también con la alegría infantil. Cuenta un testigo de los hechos: "Se había alquilado un inmenso local para encerrar a los presos, precaución necesaria sin duda alguna, ya que las numerosas cárceles que tiene Buenos Aires están siempre recargadas de detenidos. Mientras tanto, en la ciudad se organizaban columnas de patriotas, que al amparo del estado de sitio iban sembrando el terror por todas partes. Nada en verdad más alejado del sentimiento patriótico que aquellos malones organizados y dirigidos por la policía. Las turbas del 14 de mayo y días siguientes no estaban animadas de sentimientos patrióticos. Tuvo el propósito de aterrorizar a los trabajadores impidiendo que éstos, movidos a impulsos de la solidaridad, respondieran a los prisioneros y la declaración del estado de sitio con el paro general. Era preciso impedir a todo trance que hubiese huelga, para que las fiestas del Centenario se realizasen tranquilamente, con todo el brillo que era posible esperar de la presencia de la nieta del rey español destronado por la revolución que se conmemoraba. La autocracia, el autoritarismo, la cesación de las leyes constitucionales es lo que los republicanos federales de la Argentina pusieron en vigencia para celebrar aquella revolución que proclamó la libertad, los derechos del hombre, la soberanía popular"(1).Así festejaba la oligarquía a través del gobierno de Figueroa Alcorta -aquel que el 28 de enero de 1908 había clausurado el Congreso Nacional- los "cien años de libertad". Así conmemoraba el Centenario de la Revolución liderada por Mariano Moreno, aquel que los había sentenciado con su frase premonitoria: "Es necesario destruir los abusos de la administración, desplegar una actividad que hasta ahora no se ha conocido, promover el remedio de los males que afligen al Estado, excitar y dirigir el espíritu público, educar al pueblo, destruir o contener a sus enemigos y dar nueva vida a las provincias. Si el gobierno huye el trabajo; si sigue las huellas de sus predecesores, conservando la alianza con la corrupción y el desorden, hará traición a las justas esperanzas del pueblo y llegará a ser indigno de los altos destinos que se han encomendado en sus manos"(2). Así fue aquel "maravilloso" centenario, con la prensa obrera incendiada y acallada, dos mil trabajadores detenidos, cien deportados y otros cien enterrados en el infierno del penal de Ushuaia. Nos encaminamos hacia el segundo centenario de nuestra revolución fundacional. El mejor homenaje a aquellos padres fundadores no será seguramente un frío monumento o una placa de bronce destinada a ser robada y fundida, sino cumplir con aquellos puntos cardinales trazados por Belgrano y Moreno que anhelaban un país con industria, justicia, equidad y educación como lo dejaron plasmado en sus notables escritos.
sábado, 27 de septiembre de 2008
El voto femenino
CUANDO LA HISTORIA PARECE REPETIRSE: RECIEN MEDIO SIGLO MAS TARDE, HACE 60 AÑOS, SE CONSAGRABA LA IGUALDAD DEL SUFRAGIO
La llegada del voto femenino
Desde fines del siglo XIX las mujeres argentinas venían luchando por sus derechos cívicos.
Felipe Pigna. Historiadorfpigna@clarin.comDesde fines del siglo XIX las mujeres argentinas venían luchando por la obtención de sus derechos cívicos. Cecilia Grierson, aquella notable mujer que había decidido estudiar medicina para cu rar a su amiga Amalia Koenig que padecía una enfermedad que por entonces era incurable, transformándose en la primera mujer que pudo graduarse como médica en 1889, participó en aquel mismo año en Londres del Segundo Congreso Internacional de Mujeres y en setiembre de 1900 fundó el Consejo de Mujeres. En 1907, la socialista Alicia Moreau de Justo creó el Comité Pro-Sufragio Femenino. Estos impulsos influyeron decididamente para que en mayo de 1910, en pleno centenario, Buenos Aires fuera elegida como sede del Primer Congreso Femenino Internacional con la participación de delegadas chilenas, uruguayas y paraguayas donde se reclamó enérgicamente el derecho de las mujeres a votar. Otra de las pioneras fue Julieta Lanteri quien tras un sonado juicio logró su carta de ciudadanía y que se la inscribiera en el padrón municipal en 1911. Se convirtió en la primera mujer de toda Sudamérica en ejercer el derecho al voto en las elecciones municipales celebradas el 26 de noviembre de aquel año. En marzo de 1919 lanzó su candidatura a diputada nacional por la Unión Feminista Nacional y contó con el apoyo de Alicia Moreau de Justo y Elvira Rawson. El resultado fue magro pero importante simbólicamente: obtuvo 1.730 votos. En 1911, el diputado socialista Alfredo Palacios había presentado el primer proyecto de ley de voto femenino en el Parlamento nacional, faltaba aún un año para que se sancionara la Ley Electoral conocida como Ley Sáenz Peña de voto secreto, universal (o sea masculino en el lenguaje político de la época) y obligatorio. El proyecto de Palacios ni siquiera fue tratado sobre tablas. Las mujeres eran consideradas incapaces por el Código Civil de 1871. Recién en 1926, por la Ley 11.357 alcanzaron la igualdad legal con los varones aunque esa igualdad, que estaba muy lejos de ser respetada en los hechos, era tan relativa que no incluía el derecho al voto ni la patria potestad compartida. Gracias al impulso de Aldo Cantoni, las mujeres sanjuaninas se convirtieron en abril de 1928 en las primeras en votar en todo el país. En 1929, un compañero de ideas de Palacios, Mario Bravo presentó un nuevo proyecto que dormiría -golpe de Estado mediante- el sueño de los justos en los cajones de la Cámara por tres años hasta que pudo ser debatido a comienzos de setiembre de 1932. En apoyo a la ley llegaron al Parlamento 95.000 boletas electorales firmadas por otras tantas mujeres de todo el país con la siguiente consigna: "Creo en la conveniencia del voto consciente de la mujer, mayor de edad y argentina. Me comprometo a propender a su mayor cultura". Pocos días después, el 17 de setiembre, la Cámara baja le daba media sanción a la ley propuesta por el diputado socialista Mario Bravo que facultaba a las mujeres para votar.Durante el debate, el diputado derechista Bustillo pidió el voto calificado para la mujer en medio del abucheo generalizado de cientos de señoras y señoritas que colmaban los palcos del Parlamento, mientras que el socialista Ruggieri, celebraba, en medio del aplauso de las damas presentes "la coincidencia de todos los sectores en el deseo de libertar a la mitad del pueblo argentino, la parte más delicada y sufrida, y la más oprimida, dándole participación directa en nuestras luchas cívicas"(1) . El legislador ultra conservador Uriburu, se opuso en estos cavernícolas términos al proyecto: "Cuando veamos a la mujer parada sobre una mesa o en la murga ruidosa de las manifestaciones, habrá perdido todo su encanto. El día que la señora sea conservadora; la cocinera, socialista, y la mucama, socialista independiente, habremos creado el caos en el hogar"(2). La Ley no pudo pasar esa defensa infranqueable del pensamiento retrógrado que era el Senado argentino de los años 30. Pero la bancada socialista, la que más hizo por la concreción del voto femenino a lo largo de nuestra historia, acompañada por el impulso de la mujer del fundador del partido, Alicia Moreau de Justo, insistió sin éxito con proyectos presentados por el diputado Palacios en 1935 y 1938. Este último fue apoyado por una declaración de la Unión de Mujeres Argentinas, firmada por Susana Larguía y Victoria Ocampo.Desde aquel proyecto de Palacios de 1911 se presentaron otras 22 iniciativas legislativas hasta que el 9 de setiembre de 1947 pudo sancionarse finalmente la ley 13.010 que establecía en su primer artículo: "Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos".El 23 de setiembre, Evita debutó en el balcón de la Casa Rosada para hablar ante una multitud convocada por la CGT celebrando el voto femenino. Comenzaba a sonar estridente y metalizada por los altavoces, aquella voz enérgica que quedaría para siempre en el recuerdo de todos los argentinos, los que la amaban y los que la odiaban. Aquella voz inconfundible dijo entonces: "Mujeres de mi patria: recibo en este instante de manos del gobierno de la Nación la ley que consagra nuestros derechos cívicos". Y remarcó que se trataba de una "...victoria de la mujer sobre las incomprensiones, las negaciones y los intereses creados de las castas repudiadas por nuestro despertar nacional"(3). Lejos de alegrarse las dirigentes opositoras de todo el arco político desde la izquierda a la derecha, que venían luchando por lograr el voto femenino y la total integración de la mujer a la política, sintieron que Evita les arrebataba una reivindicación histórica y una anhelada conquista
La llegada del voto femenino
Desde fines del siglo XIX las mujeres argentinas venían luchando por sus derechos cívicos.
Felipe Pigna. Historiadorfpigna@clarin.comDesde fines del siglo XIX las mujeres argentinas venían luchando por la obtención de sus derechos cívicos. Cecilia Grierson, aquella notable mujer que había decidido estudiar medicina para cu rar a su amiga Amalia Koenig que padecía una enfermedad que por entonces era incurable, transformándose en la primera mujer que pudo graduarse como médica en 1889, participó en aquel mismo año en Londres del Segundo Congreso Internacional de Mujeres y en setiembre de 1900 fundó el Consejo de Mujeres. En 1907, la socialista Alicia Moreau de Justo creó el Comité Pro-Sufragio Femenino. Estos impulsos influyeron decididamente para que en mayo de 1910, en pleno centenario, Buenos Aires fuera elegida como sede del Primer Congreso Femenino Internacional con la participación de delegadas chilenas, uruguayas y paraguayas donde se reclamó enérgicamente el derecho de las mujeres a votar. Otra de las pioneras fue Julieta Lanteri quien tras un sonado juicio logró su carta de ciudadanía y que se la inscribiera en el padrón municipal en 1911. Se convirtió en la primera mujer de toda Sudamérica en ejercer el derecho al voto en las elecciones municipales celebradas el 26 de noviembre de aquel año. En marzo de 1919 lanzó su candidatura a diputada nacional por la Unión Feminista Nacional y contó con el apoyo de Alicia Moreau de Justo y Elvira Rawson. El resultado fue magro pero importante simbólicamente: obtuvo 1.730 votos. En 1911, el diputado socialista Alfredo Palacios había presentado el primer proyecto de ley de voto femenino en el Parlamento nacional, faltaba aún un año para que se sancionara la Ley Electoral conocida como Ley Sáenz Peña de voto secreto, universal (o sea masculino en el lenguaje político de la época) y obligatorio. El proyecto de Palacios ni siquiera fue tratado sobre tablas. Las mujeres eran consideradas incapaces por el Código Civil de 1871. Recién en 1926, por la Ley 11.357 alcanzaron la igualdad legal con los varones aunque esa igualdad, que estaba muy lejos de ser respetada en los hechos, era tan relativa que no incluía el derecho al voto ni la patria potestad compartida. Gracias al impulso de Aldo Cantoni, las mujeres sanjuaninas se convirtieron en abril de 1928 en las primeras en votar en todo el país. En 1929, un compañero de ideas de Palacios, Mario Bravo presentó un nuevo proyecto que dormiría -golpe de Estado mediante- el sueño de los justos en los cajones de la Cámara por tres años hasta que pudo ser debatido a comienzos de setiembre de 1932. En apoyo a la ley llegaron al Parlamento 95.000 boletas electorales firmadas por otras tantas mujeres de todo el país con la siguiente consigna: "Creo en la conveniencia del voto consciente de la mujer, mayor de edad y argentina. Me comprometo a propender a su mayor cultura". Pocos días después, el 17 de setiembre, la Cámara baja le daba media sanción a la ley propuesta por el diputado socialista Mario Bravo que facultaba a las mujeres para votar.Durante el debate, el diputado derechista Bustillo pidió el voto calificado para la mujer en medio del abucheo generalizado de cientos de señoras y señoritas que colmaban los palcos del Parlamento, mientras que el socialista Ruggieri, celebraba, en medio del aplauso de las damas presentes "la coincidencia de todos los sectores en el deseo de libertar a la mitad del pueblo argentino, la parte más delicada y sufrida, y la más oprimida, dándole participación directa en nuestras luchas cívicas"(1) . El legislador ultra conservador Uriburu, se opuso en estos cavernícolas términos al proyecto: "Cuando veamos a la mujer parada sobre una mesa o en la murga ruidosa de las manifestaciones, habrá perdido todo su encanto. El día que la señora sea conservadora; la cocinera, socialista, y la mucama, socialista independiente, habremos creado el caos en el hogar"(2). La Ley no pudo pasar esa defensa infranqueable del pensamiento retrógrado que era el Senado argentino de los años 30. Pero la bancada socialista, la que más hizo por la concreción del voto femenino a lo largo de nuestra historia, acompañada por el impulso de la mujer del fundador del partido, Alicia Moreau de Justo, insistió sin éxito con proyectos presentados por el diputado Palacios en 1935 y 1938. Este último fue apoyado por una declaración de la Unión de Mujeres Argentinas, firmada por Susana Larguía y Victoria Ocampo.Desde aquel proyecto de Palacios de 1911 se presentaron otras 22 iniciativas legislativas hasta que el 9 de setiembre de 1947 pudo sancionarse finalmente la ley 13.010 que establecía en su primer artículo: "Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos".El 23 de setiembre, Evita debutó en el balcón de la Casa Rosada para hablar ante una multitud convocada por la CGT celebrando el voto femenino. Comenzaba a sonar estridente y metalizada por los altavoces, aquella voz enérgica que quedaría para siempre en el recuerdo de todos los argentinos, los que la amaban y los que la odiaban. Aquella voz inconfundible dijo entonces: "Mujeres de mi patria: recibo en este instante de manos del gobierno de la Nación la ley que consagra nuestros derechos cívicos". Y remarcó que se trataba de una "...victoria de la mujer sobre las incomprensiones, las negaciones y los intereses creados de las castas repudiadas por nuestro despertar nacional"(3). Lejos de alegrarse las dirigentes opositoras de todo el arco político desde la izquierda a la derecha, que venían luchando por lograr el voto femenino y la total integración de la mujer a la política, sintieron que Evita les arrebataba una reivindicación histórica y una anhelada conquista
La Revolución ¿Libertadora?
¿Ni vencedores ni vencidos?
El 16 de setiembre de 1955, la llamada "Revolución Libertadora" destituyó al presidente Perón. Comenzó un fuerte revanchismo y se intentó prohibir por decreto al peronismo
Felipe Pigna. Historiador Hace 52 años el general-presidente Eduardo Lonardi, acompañado por el almirante-vicepresidente Isaac Rojas, anunciaba desde un balcón que había tenido dueño hasta hacía apenas una semana, que en el proceso político que se iniciaba, bautizado por sus autores civiles y militares como "Revolución Libertadora", no iba a haber ni vencedores ni vencidos.Terminaba una época destinada a marcar definitivamente la historia argentina. Plena en méritos y deméritos, avances inéditos en el terreno social y la mayor redistribución del ingreso de la historia argentina en sentido progresivo equiparando por primera y casi única vez la distribución de la renta entre los que la producían y los que la disfrutaban. También una época sembrada de autoritarismo, de persecución de la oposición, a la que se le impidió expresarse en los medios masivos de comunicación y a cuyos dirigentes y militantes se los encarceló y torturó.Los "libertadores", según decían, venían a terminar con aquellas prácticas antidemocráticas. No parecía un buen antecedente democrático el criminal ataque aéreo a la Plaza de Mayo producido el 16 de junio de 1955 que provocó más de 350 muertos y casi 1.100 heridos. El plan de Lonardi y el de su sector era rescatar la estructura política peronista y su base social fundando un "peronismo sin Perón". La actitud conciliatoria del presidente fue rápidamente atacada por los sectores liberales, encabezados por el vicepresidente Isaac Rojas. Lonardi fue desplazado por el general Pedro Eugenio Aramburu, representante del sector liberal del Ejército, el 13 de noviembre de 1955. El almirante Isaac Rojas conservó su cargo de vicepresidente. La segunda etapa de la Revolución Libertadora, encabezada por el binomio Aramburu-Rojas, se caracterizó en el terreno político por su decidida acción contra el peronismo depuesto. La CGT fue intervenida y fue asaltado su edificio, donde fue vejado y secuestrado y "desaparecido" el cadáver de Eva Perón. Se lanzó una persistente persecución de militantes o simples simpatizantes peronistas que incluyó el encarcelamiento de más de 4.000 personas, la tortura sistemática y el fusilamiento de 33 civiles y militares en junio de 1956. El gobierno de la llamada "Revolución Libertadora" decidió en febrero de 1956 el ingreso de la Argentina al Fondo Monetario Internacional y aplicó el "plan Prebisch", el primer programa de "ajuste" del Fondo instrumentado en nuestro país.La nueva política perjudicó a la clase obrera. Su masiva afiliación peronista la convertía en objeto de persecuciones encubiertas o abiertas en los barrios o en los centros laborales.La comisión investigadora de las cuentas de la Fundación Eva Perón no pudo encontrar irregularidades. Halló intactos los depósitos bancarios de la Fundación que sumaban 3.500 millones de pesos, unos 250 millones de dólares al cambio de octubre de 1955 (1) que no fueron depositados en las Cajas de Jubilación como se había previsto.En su dictamen la comisión "libertadora" se quejaba por los "excesos" de la Fundación Evita: "Desde el punto de vista material, la atención de los menores era múltiple y casi suntuosa. Puede decirse, incluso, que era excesiva, y nada ajustada a las normas de la sobriedad republicana que convenía para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menúes diarios. Y en cuanto al vestuario, los equipos mudables, renovados cada seis meses, se destruían" (2). Señala Alicia Dujovne Ortiz que "Una dama católica, doña Adela Caprile, que formó parte de la comisión liquidadora de la Fundación instaurada tras la caída del peronismo, nos ha confesado haber sentido una impresión similar: 'Nunca hubiera creído que se pudiera reunir semejante cantidad de raquetas de tenis. Era un despilfarro y un delirio, pero no era un robo. No se ha podido acusar a Evita de haberse quedado con un peso. Me gustaría poder decir lo mismo de los que colaboraron conmigo en la liquidación del organismo'" (3). Se dio rienda suelta a un revanchismo con un fuerte acento de odio de clase. Se formaron inmensas fogatas en los hogares y policlínicos de la Fundación Eva Perón donde se quemaron miles de libros, frazadas, sábanas, cubrecamas, platos y cubiertos porque llevaban el sello de la institución. La Ciudad Infantil, conocida y admirada en el mundo como un ejemplo de contención y educación de la infancia desvalida, fue asaltada por las tropas. Sus casitas que reproducían los edificios clásicos de una ciudad y un comedor que alimentaba a centenares de niños por día fueron aplastadas por los tanques y sus piscinas fueron cegadas con cemento. El decreto 4161 del 5 de marzo de 1956 pretendió prohibir al peronismo en todas sus formas y expresiones. Decía en uno de sus artículos: "Se considerará especialmente violatoria de esta disposición la utilización de la fotografía, retrato o escultura de los funcionarios peronistas o sus parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones 'peronismo', 'peronista', 'justicialismo', 'Justicialista', 'tercera posición', la abreviatura PP, las fechas exaltadas por el régimen depuesto, las composiciones musicales Marcha de los Muchachos Peronistas y Evita Capitana y los discursos del presidente depuesto o su esposa" (4).El resultado de tan absurdo decreto fue el incremento del orgullo por su identidad peronista de los militantes de la resistencia.El último sueño de Eva Perón fue la construcción del Hospital de Niños mejor equipado y más grande de Sudamérica, que comenzó a construirse en un predio de 94.000 hectáreas en el barrio de La Paternal sobre la calle Warnes. Los "libertadores" evaluaron que aquello iba a ser un monumento a la obra de Evita y decidieron desistir de la construcción del nosocomio infantil, prefiriendo salvaguardar sus miserias políticas a la atención de la salud infantil. El lugar fue abandonado en avanzado estado de construcción y lentamente fue siendo ocupado por familias que lo fueron bautizando como el "albergue Warnes".Casi como alegoría, un presidente de origen peronista, pero que había "evolucionado" hacia el autodenominado "neoliberalismo", el mismo que fue a visitar a su lecho de enfermo al almirante Rojas y se despidió con un recordado beso, fue el encargado de demoler, entre otras cosas, lo que quedaba del esqueleto del Hospital Pediátrico María Eva Duarte de Perón.
El 16 de setiembre de 1955, la llamada "Revolución Libertadora" destituyó al presidente Perón. Comenzó un fuerte revanchismo y se intentó prohibir por decreto al peronismo
Felipe Pigna. Historiador Hace 52 años el general-presidente Eduardo Lonardi, acompañado por el almirante-vicepresidente Isaac Rojas, anunciaba desde un balcón que había tenido dueño hasta hacía apenas una semana, que en el proceso político que se iniciaba, bautizado por sus autores civiles y militares como "Revolución Libertadora", no iba a haber ni vencedores ni vencidos.Terminaba una época destinada a marcar definitivamente la historia argentina. Plena en méritos y deméritos, avances inéditos en el terreno social y la mayor redistribución del ingreso de la historia argentina en sentido progresivo equiparando por primera y casi única vez la distribución de la renta entre los que la producían y los que la disfrutaban. También una época sembrada de autoritarismo, de persecución de la oposición, a la que se le impidió expresarse en los medios masivos de comunicación y a cuyos dirigentes y militantes se los encarceló y torturó.Los "libertadores", según decían, venían a terminar con aquellas prácticas antidemocráticas. No parecía un buen antecedente democrático el criminal ataque aéreo a la Plaza de Mayo producido el 16 de junio de 1955 que provocó más de 350 muertos y casi 1.100 heridos. El plan de Lonardi y el de su sector era rescatar la estructura política peronista y su base social fundando un "peronismo sin Perón". La actitud conciliatoria del presidente fue rápidamente atacada por los sectores liberales, encabezados por el vicepresidente Isaac Rojas. Lonardi fue desplazado por el general Pedro Eugenio Aramburu, representante del sector liberal del Ejército, el 13 de noviembre de 1955. El almirante Isaac Rojas conservó su cargo de vicepresidente. La segunda etapa de la Revolución Libertadora, encabezada por el binomio Aramburu-Rojas, se caracterizó en el terreno político por su decidida acción contra el peronismo depuesto. La CGT fue intervenida y fue asaltado su edificio, donde fue vejado y secuestrado y "desaparecido" el cadáver de Eva Perón. Se lanzó una persistente persecución de militantes o simples simpatizantes peronistas que incluyó el encarcelamiento de más de 4.000 personas, la tortura sistemática y el fusilamiento de 33 civiles y militares en junio de 1956. El gobierno de la llamada "Revolución Libertadora" decidió en febrero de 1956 el ingreso de la Argentina al Fondo Monetario Internacional y aplicó el "plan Prebisch", el primer programa de "ajuste" del Fondo instrumentado en nuestro país.La nueva política perjudicó a la clase obrera. Su masiva afiliación peronista la convertía en objeto de persecuciones encubiertas o abiertas en los barrios o en los centros laborales.La comisión investigadora de las cuentas de la Fundación Eva Perón no pudo encontrar irregularidades. Halló intactos los depósitos bancarios de la Fundación que sumaban 3.500 millones de pesos, unos 250 millones de dólares al cambio de octubre de 1955 (1) que no fueron depositados en las Cajas de Jubilación como se había previsto.En su dictamen la comisión "libertadora" se quejaba por los "excesos" de la Fundación Evita: "Desde el punto de vista material, la atención de los menores era múltiple y casi suntuosa. Puede decirse, incluso, que era excesiva, y nada ajustada a las normas de la sobriedad republicana que convenía para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menúes diarios. Y en cuanto al vestuario, los equipos mudables, renovados cada seis meses, se destruían" (2). Señala Alicia Dujovne Ortiz que "Una dama católica, doña Adela Caprile, que formó parte de la comisión liquidadora de la Fundación instaurada tras la caída del peronismo, nos ha confesado haber sentido una impresión similar: 'Nunca hubiera creído que se pudiera reunir semejante cantidad de raquetas de tenis. Era un despilfarro y un delirio, pero no era un robo. No se ha podido acusar a Evita de haberse quedado con un peso. Me gustaría poder decir lo mismo de los que colaboraron conmigo en la liquidación del organismo'" (3). Se dio rienda suelta a un revanchismo con un fuerte acento de odio de clase. Se formaron inmensas fogatas en los hogares y policlínicos de la Fundación Eva Perón donde se quemaron miles de libros, frazadas, sábanas, cubrecamas, platos y cubiertos porque llevaban el sello de la institución. La Ciudad Infantil, conocida y admirada en el mundo como un ejemplo de contención y educación de la infancia desvalida, fue asaltada por las tropas. Sus casitas que reproducían los edificios clásicos de una ciudad y un comedor que alimentaba a centenares de niños por día fueron aplastadas por los tanques y sus piscinas fueron cegadas con cemento. El decreto 4161 del 5 de marzo de 1956 pretendió prohibir al peronismo en todas sus formas y expresiones. Decía en uno de sus artículos: "Se considerará especialmente violatoria de esta disposición la utilización de la fotografía, retrato o escultura de los funcionarios peronistas o sus parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones 'peronismo', 'peronista', 'justicialismo', 'Justicialista', 'tercera posición', la abreviatura PP, las fechas exaltadas por el régimen depuesto, las composiciones musicales Marcha de los Muchachos Peronistas y Evita Capitana y los discursos del presidente depuesto o su esposa" (4).El resultado de tan absurdo decreto fue el incremento del orgullo por su identidad peronista de los militantes de la resistencia.El último sueño de Eva Perón fue la construcción del Hospital de Niños mejor equipado y más grande de Sudamérica, que comenzó a construirse en un predio de 94.000 hectáreas en el barrio de La Paternal sobre la calle Warnes. Los "libertadores" evaluaron que aquello iba a ser un monumento a la obra de Evita y decidieron desistir de la construcción del nosocomio infantil, prefiriendo salvaguardar sus miserias políticas a la atención de la salud infantil. El lugar fue abandonado en avanzado estado de construcción y lentamente fue siendo ocupado por familias que lo fueron bautizando como el "albergue Warnes".Casi como alegoría, un presidente de origen peronista, pero que había "evolucionado" hacia el autodenominado "neoliberalismo", el mismo que fue a visitar a su lecho de enfermo al almirante Rojas y se despidió con un recordado beso, fue el encargado de demoler, entre otras cosas, lo que quedaba del esqueleto del Hospital Pediátrico María Eva Duarte de Perón.
Biografia de Juan Manuel de Rosas
El 30 de marzo de 1793, en la casa grande del finado don Clemente López, situada en la acera norte de la calle Santa Lucía (hoy Sarmiento), doña Agustina López de Osornio, esposa del joven militar León Ortiz de Rozas, daba a luz a su primer hijo varón. El alumbramiento de un varón, ansiosamente esperado, colmó de gozo al padre, gallardo teniente de la quinta compañía del segundo batallón del regimiento de infantería de Buenos Aires.La noticia se propagó en el barrio, llevada quizás por el pulpero don Ignacio y el mulato José, el sastre, vecinos de la cuadra. Las negras Feliciana, Damiana, Pascuala, Teodora y demás esclavas, y la india libre Juliana, criadas de la casa, se agolpaban en el vasto patio, impacientes por penetrar en la alcoba de la amita y conocer la criatura. En cuanto al párvulo rompió a gritar desaforadamente, señal de que venía con fortaleza al mundo, su padre don León se puso chupa, calzón azul y casaca con botones blancos, vuelta y collarín encarnados, y vestido así con el uniforme de infantería, fue al cuartel en busca del capellán de su batallón para que bautizara en seguida al recién nacido. Como estuviera ausente su capellán, y nadie diera razón de él en ese momento, llamó al del batallón tercero, doctor Pantaleón de Rivarola.El teniente pensaba que el vástago de un Ortiz de Rozas debía, el primer día de su vida, ser ungido a la vez católico y militar, y por ello se empeñó en que fuera castrense el sacerdote que pusiera óleo y crisma a la criatura. La ceremonia se realizó, dándose al niño el nombre de Juan Manuel José Domingo, según se asentó en el acta. En la casa de López de Osornio no se había disipado la sombra de la tragedia que, años antes, azotó y horrorizó aquel hogar: el viejo don Clemente, rico hacendado, padre de Agustina, y Andrés su hijo mayor de veinte y seis años, fueron asesinados por los indios en un malón que éstos llevaron, el 13 de diciembre de 1783, contra la estancia “El Rincón de López” en las llanuras desiertas del sud, sobre el Salado y el mar. Don Clemente López de Osornio encarnó, en la segunda mitad del siglo XVIII, el tipo rudo del estanciero militar que pasó su vida lidiando para conquistar palmo a palmo la pampa y dominar a los salvajes infieles.Fue sargento mayor de milicias, caudillo de los paisanos y cabeza del gremio de hacendados, de quienes tuvo durante muchos años la representación con el cargo de apoderado ante las autoridades del virreinato. Don Clemente, ya anciano trabajaba como un mozo, con su hijo Andrés, en las ásperas faenas rurales jineteando redomones y arreando vacas chúcaras, a campo traviesa, entre paja brava y cardizales, pantanos y lagunas. Tenía setenta y cinco años cuando, entregado a esas recias labores, fue lanceado y degollado, con su hijo, por la maloca salvaje. La imagen de la lucha con los bárbaros era familiar no sólo a doña Agustina López de Osornio, sino también a don León Ortiz de Rozas. Don León provenía de limpia cepa de militares y de funcionarios españoles. Los Ortiz de Rozas, de raza hidalga oriunda del Valle del Soba, provincia de Burgos, ocuparon siempre los primeros puestos en aquel valle, sea como regidores y magistrados, sea como guerreros, y formaron parte de esa aristocracia rústica y pobre, generosa de sangre, que consagró su vida con acendrado fervor al servicio de su fe y de su rey. León, en cuanto cumplió diez y nueve años de edad fue nombrado, el 30 de abril de 1779, subteniente del regimiento de infantería de Buenos Aires, en el que su padre era capitán. En aquellos días acababa de regresar en una fragata, de la expedición a la bahía Sin Fondo de la Patagonia , don Juan de la Piedra quien, después de sufrir toda suerte de penurias, abandonó la empresa, fue suspendido por orden del virrey Vértiz, y enviado a España. León Ortiz de Rozas, que ansiaba realizar hazañas, pidió se le alistara en alguna expedición a esas regiones. De la Piedra hizo degollar a una partida de hombres, mujeres y niños del cacique Francisco, y se dirigió hacia la Sierra de la Ventana para a atacar a las tribus de toda esa región que se habían reunido en guerra contra los cristianos; pero fue cercado y derrotado, cayendo en poder de los bárbaros los oficiales León Ortiz de Rozas, Domingo Piera y fray Francisco Javier Montañés que desde 1783 era capellán en el establecimiento San José de la Patagonia y que se había agregado a la expedición de la Piedra. El cautiverio de don León y de sus compañeros fue lleno de zozobras, y habrían perecido, de seguro, si un hermano del cacique Negro no hubiese estado, en calidad de prisionero, en poder del virrey marqués de Loreto. La esperanza de recobrarlo por medio de un canje indujo a los indios a respetar, esta vez, la vida de sus enemigos.León, liberado del cautiverio, se había captado la amistad de los principales caciques y difundido la simpatía del nombre de Rosas entre las tribus, regresó a Buenos Aires con la aureola heroica del cautiverio, llevando en su espíritu la visión salvaje de la vida y de la lucha en las pampas. Tradicionalismo y catolicidad marcaron desde la cuna la existencia de Rosas, acostumbrado a vivir alternativamente en el campo y la ciudad, domador de potros chúcaros en la infancia y de malones desorbitados; junto a su madre. Voluntarioso y dominante. Como su madre, su carácter no se doblegaba ante el rigor de los castigos que doña Agustina le infligía por sus travesuras.La primera interrupción en sus actividades de campo fue debida a las invasiones inglesas. El 12 de agosto de 1806 estuvo Juan Manuel entre “los voluntarios que formaron el ejército que reconquistó Buenos Aires”, según le recordara a su yerno Máximo Terrero en 1861: “Se llevó a su casa de la calle Cuyo a varios de sus jóvenes amigos, los incitó a la pelea, los armó como pudo y se presentó a la cabeza de ellos al general Liniers”; confirmó Saldías. Y después de la rendición Liniers lo devolvió a sus padres, portador de honrosa carta testimonial.Y recordando a Liniers, Rosas en su ancianidad anotaba en sus apuntes: “¡Liniers! Ilustre, noble, virtuoso, a quien yo tanto he querido y he de querer por toda la eternidad sin olvidarlo jamás...” Juan Manuel, que entraba en la pubertad y que acababa de recibir manejando un cañón, el bautismo de fuego y de sangre en la Reconquista de su ciudad natal, sentó plaza de soldado en el cuarto escuadrón de caballería, llamado de los “Migueletes”, que mandaba el porteño don Alejo Castex.Se vistió ufano, con el uniforme punzó de ese cuerpo -color que sería para siempre el de sus predilecciones-, y combatió con denuedo en la cruenta defensa de Buenos Aires contra la segunda invasión de los británicos. Decía Rosas años después, el 2 de mayo de 1869 a su amiga Josefa Gómez: “tomé de 14 años plaza de soldado de caballería de Migueletes. Tengo la carta del Señor Dn. Martín de Alzaga a mi madre, y la del Señor Dn. Juan Miguens a mi padre, acreditando mi conducta en esos gloriosos triunfos”.Lo que Rosas decía nostálgico en el exilio, lo habían escrito desde tiempo inmemorial todos sus historiadores, amigos o adversarios, sin ninguna duda. Juan Manuel volvió a su casa, de la que poco antes saliera adolescente, convertido en guerrero. Don León y doña Agustina al ver llegar a Juan Manuel, después de los combates, vestido de rojo, notaron que el niño acentuaba su fiereza al transformarse en hombre.Fuente: Ibarguren, Carlos - Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo.
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